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Sonia Fernández Pan, 2019
SLURP, GLUG

 

Crunch crunch crunch

Hace no mucho, al morder con impaciencia una aceituna con hueso, noté un ruido extraño al masticar. Lo extraño no era el ruido —recuerdo haber escuchado ruidos parecidos en mi boca a lo largo de los años— sino la sensación de estar masticando algo que escasos segundos atrás formaba parte de mi cuerpo. Aunque esta extrañeza tampoco era del todo absoluta. Si fui capaz de reconocer cierta familiaridad en aquel sonido, también fui capaz de reconocerla en la textura de aquello que masticaba. Como también encontré familiar el hecho de interrumpir de golpe el movimiento de mi mandíbula para retomarlo nuevamente de manera pausada con el fin de descubrir si, efectivamente, estaba masticando un cacho de mi muela con aquella aceituna. Esta situación me hizo pensar en la transformación de la materia dentro de mi propio organismo. Aquel fragmento minúsculo de diente había dejado de ser parte de mi dentadura pero sin llegar a abandonar mi cuerpo. De manera un tanto perversa, seguía siendo parte de mí. La idea de Bataille que afirma que un beso es el principio del canibalismo empezó a deteriorarse, como mi muela. Comerse partes de uno mismo me pareció una primera forma de antropofagia mucho más literal, si bien involuntaria. Situaciones anodinas como masticar los cachos de dientes que se fracturan, morderse las uñas y las cutículas, lamer la sangre que brota con las heridas para hacerla desaparecer. Hacer que la epidermis se vuelva profunda —por retomar la idea de otro poeta, esta vez Valéry— al mezclar el exterior y el interior de nuestros cuerpos con gestos aparentemente anodinos y secundarios. Masticar es una de las muchas maneras de eliminar la memoria de las cosas.

Tras tras tras

Dicen que las células de nuestro cuerpo se regeneran continuamente y de una manera tan veloz que podríamos afirmar que la materia constituyente de nuestros cuerpos no es la misma al cabo de varios días. Y aún así, seguimos siendo nosotros mismos. Aunque la regeneración de nuestras células es un descubrimiento relativamente reciente, este dilema filosófico acerca de la identidad de las cosas surgió hace bastantes siglos en la Antigua Grecia. Cuenta la leyenda que existió un barco cuyas piezas se iban sustituyendo paulatinamente a medida que estas se iban estropeando. Al cabo de unos años, llegó un momento en el que su constitución material había sido totalmente modificada pero su apariencia seguía siendo la misma. Era un barco diferente y, al mismo tiempo, seguía siendo el mismo barco. Su materia había cambiado, pero no su forma. En el acto de masticar, por el contrario, es la forma de los alimentos lo que cambia tangiblemente, no su materialidad. ¿Es el sabor a fresa el sabor de las fresas? ¿Es el color metal el color de los metales? Las apariencias no engañan. Simplemente son apariencias. La profundidad habita las superficies.

Clang clang ñiii ñiii clang clang

Tendemos a entender las cosas como el resultado de un proceso y no como un proceso en sí mismas. Nuestra incapacidad para percibir los cambios
que se dan en ellas, no significa que estos no se produzcan. Las cosas son procesos materiales que se desarrollan a lo largo del tiempo y del espacio. Aunque tendemos a intercambiar su significado con frecuencia, los objetos no son las cosas. En todo caso, son las diferentes posiciones que adquieren durante dicho proceso. Hay algo incómodo en las cosas, quizás se deba a su resistencia a ser dominadas por el lenguaje. Una cosa puede ser demasiadas cosas a la vez. Una barra de metal no es simplemente una barra de metal. Las piedras no fueron siempre piedras. Un volcán explota y vuelve a convertirse en montaña. Un vidrio de gran tamaño se rompe al ser transportado después de su primera presentación al público en el Museo de Brooklyn en 1926. En la Sonrisa de Venus, de J.G. Ballard, una escultura pública empieza a tener un comportamiento inusual el mismo día de su inauguración. El metal del que está hecha emite un sonido estridente que consigue que el público asistente contemple con asombro —y horror— este despertar inesperado de la materia. A medida que pasan los días, la escultura sigue moviéndose: chilla, se retuerce y se hace más y más grande, duplicando su tamaño. Ante la imposibilidad de control de su expansión, es demolida y vendida a un depósito de chatarra. Sin embargo, meses más tarde, las vigas de algunos edificios empiezan a vibrar y emitir sonidos. El reciclaje de la escultura y su posterior re-utilización en la industria de la construcción han contribuido a su expansión gracias a la aleación con otras materias. Lo que antes había sido un material concreto que daba forma a una escultura es ahora una entidad con vida en expansión, imposible de localizar debido a su continua diseminación. Aquella escultura era una posición posible en la vida de la materia. Pero la sonrisa de Venus no es tan diferente a la de La Mona Lisa, a la del mármol que expulsa los colores del Partenón o a la del metal que se oxida.

Shhh shhhh shhh

Si las cosas tuviesen un lenguaje, ¿cuál sería? ¿Pero por qué esta insistencia en que tengan un lenguaje? ¿en que puedan llegar a comunicarse con nosotros de una manera que nosotros podamos comprender? ¿Acaso no son suficientes las onomatopeyas? ¿No son un intento de crear un lenguaje para las cosas? Nuestro deseo de otorgar voz a aquello que presuntamente no la tiene es tan fuerte que incluso existe una onomatopeya para el silencio. Quizás las onomatopeyas son las únicas palabras que se resisten al discurso. Nos acercan a la materialidad de las cosas, incluso a la de nuestro cuerpo. Dan voz a los latidos del corazón, a los besos, a los aplausos, a las salpicaduras del agua, al quiebre y fractura de los objetos, a las explosiones, a las burbujas. Como también nos acercan a la materialidad de las cosas algunas palabras que las transportan en su sonoridad. Viscosidad es una palabra viscosa. Se arrastra entre los dientes. ¿Podría existir una etimología de la materia? Sin embargo, no es el lenguaje la manera que tienen las cosas de comunicarse con nosotros, aunque existan bacterias que hayan sido capaces de aprender inglés. Como el océano de Solaris, sus formas de contacto son otras. ¿Y si Marte estuviese recubierto de bechamel? ¿Qué nos diría? ¿Slurp, glug, glug, slurp?

Tris tras tris tras... glugú glugú glugú

Al referirse al arte, Alexander Kluge menciona dos tipos de caracteres: el domador y el jardinero. A diferencia del primero, el jardinero es consciente de que algo “puede crecer por sí mismo”. Pero no sólo la frontera entre el cuidado y la dominación es una situación resbaladiza, sino que todo aquello que crece por sí mismo nunca lo hace en solitario sino en compañía de otros elementos, otras vidas, otras cosas. Los jardines, como las ciudades, son espacios ambiguos: estamos dentro, pero también estamos afuera. En una planta dentro de una maceta convergen naturaleza y cultura. El movimiento de las raíces se adapta al espacio que produce la forma de la cerámica. Muchas plantas están adentro pero pertenecen a un afuera. ¿Sienten ellas esta diferencia? Como el arte, los jardines son un artefacto estético vinculado al pensamiento, pero también a formas de conocimiento que aparecen con la práctica material. La téchne tiene su propia episteme. El deseo de preservación de las cosas implica un rechazo al paso del tiempo y a la vida que este produce, transforma y descarta. ¿Y si fuese posible una exposición que admitiese la luz exterior, la lluvia, la noche, el viento, el polvo, los golpes y las roturas, el movimiento de las cosas, la iridiscencia o la desorientación del sentido? ¿Y si todos estos elementos estuviesen contenidos dentro de ella, adhiriéndose a la superficie de las cosas? ¿Podría ser entonces una exposición un sistema biológico que pueda crecer “por sí mismo”? Una exposición como un tercer paisaje, un espacio residual y transitorio fuera del ordenamiento, del poder y de la sumisión. Una exposición con piezas vulnerables a sí mismas, ajenas a la acción deliberada del ser humano. Una exposición como un proceso de acciones externas a ella misma. Un afuera que se manifiesta en un adentro.

Este texto reúne ideas y aportaciones de Esther Gatón, Mikel Escobales Castro, Gilles Clèment, Stanislaw Lem, Fernándo Domínguez Rubio. También contiene menciones a trabajos anteriores de Esther como Bechamel from Mars o “lub-dub-lub-dub-lub-dub...”. Y fue escrito con motivo de la exposición individual SLURP, GLUG en la galería Luis Adelantado Valencia ES

 

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Sonia Fernández Pan, 2019
SLURP, GLUG

 

       Crunch crunch crunch

       Not so long ago, while impatiently biting into a whole olive, I noticed a strange noise while I was chewing it. The strange thing wasn’t so much the noise
in itself, I remember hearing similar noises coming from my mouth over the years, but rather the feeling I was chewing something that just a few seconds ago had been a part of me. Although that wasn’t what was entirely strange either. I was able to recognise the familiarity of that sound, but I also recognised the texture of what I was chewing. I also found suddenly interrupting my chewing movement familiar, only to start again more slowly in order to discover if I was really chewing a piece of one of my molars mixed in with the olive. That was what made me think about transformation of matter in my own body. That tiny fragment of my tooth was no longer a part
of my teeth - it had become detached from my body. In a rather perverse way, it was still a part of me. Bataille’s idea that a kiss is the beginning of cannibalism started to fall apart, just like my tooth. Eating parts of yourself seemed to me a much more literal primitive form of anthropophagy, even
if involuntary. Insignificant situations such as chewing bits of broken teeth, biting your nails and cuticles, licking blood leaking out from cuts. Making your epidermis deeper, taking up an idea from another poet, this time Valéry, by mixing the inside and outside of our bodies with apparently trivial, secondary gestures. Chewing is one of the many ways of erasing the memory of things.

       Rustle, rustle, rustle

       It is said that our cells are constantly regenerating, so quickly in fact that we could say that after a few days our body is not made up of the same matter. And even so, we are still the same. Although the discovery of cell regeneration is fairly recent, the same philosophical dilemma about the identity of things arose many centuries ago in Ancient Greece. Legend has it that there was a boat whose parts were gradually replaced as they became damaged or worn. After a few years the entire boat had been replaced piece by piece, but it still looked the same. It was a different boat, and at the same time it was still the same boat. Its matter had changed, but not its shape. When chewing however, it is the shape of food that changes tangibly, but not its matter. Is the taste of strawberries really the flavour of strawberries? Is the colour of metal really the colour of metal? Appearances are not deceptive. They are simply appearances. Depth inhabits surfaces.

       Clang, clang, screech, screech, clang, clang

       We tend to understand things as the result of a process rather than a process as such. Our inability to perceive the changes that take place in those processes does not mean that they do not take place. Things are material processes that take place over time and space. Although we often use the terms indistinctly, objects are not things. If anything, they are the different positions that they acquire during the processes. There is something uncomfortable about things, perhaps it is the way they resist being defined by language. One thing can be too many things all at the same time. A metal bar is not just a metal bar. Stones were not always stones. A volcano erupts and becomes a mountain again. A large piece of glass breaks during transport after being exhibited for the first time in public at Brooklyn Museum in 1926. In Venus Smiles by J.G. Ballard, a public sculpture starts showing rather unusual behaviour on the day it is unveiled. The metal it is made from emits a shrill sound and the public look on in amazement, and horror too, to see this unexpected awakening of matter. As the days go by, the sculpture starts moving: it shouts, twists and grows, doubling in size. Unable to control its growth, it is stripped apart and sold off as scrap metal. Some months later though, the beams of some buildings start vibrating and giving off sounds. The recycled metal from the sculpture was reused in buildings meaning that it continues to grow, having alloyed will other matter. What was previously specific matter giving shape to a sculpture became an entity with expanding life, impossible to pinpoint its exact location because of its continuous dissemination. That sculpture was a possible position in the life of matter. But Venus Smiles is no different from Mona Lisa, from the marble that gives off the coloured hues in the Parthenon, or rusting metal.

       Shhh shhhh shhh

       If things could speak, what language would they speak? But why insist on them having a language? How can they communicate with us in a way we can understand? Are not onomatopoeias enough? Are they not an attempt by things to create a language? Our desire to give things a voice that presumably do not have one is so strong that there is even an onomatopoeia for silence. Perhaps onomatopoeias are the only words capable of resisting discourse. They take us closer to the materiality of things, and closer even to our own bodies. They give voice to the heartbeat, to kisses, applause, the splashing of water, breaking objects, explosions, bubbles. The same way some words also take us closer to the materiality of things, transporting us through their sonority. Viscosity is a viscous word. It oozes out between the teeth. Could matter have its own etymology? However, language is not the way things communicate with us, even though there are bacteria that have been able to learn English. Like the ocean on Solaris, they have different forms of contact. And what if Mars were coated in béchamel sauce. What would it say to us? Slurp, glug, glug, slurp?

     Hustle, rustle, hustle, rustle... glug, glug, glug)

     When referring to art, Alexander Kluge mentioned two types of characters: the tamer and the gardener. Unlike the tamer, the gardener is aware that “something is growing by itself”. But the frontier between care and domination is not only a slippery slope, but anything that grows by itself never does so alone, but rather in the company of other elements, other lives, other things. Gardens, like cities, are ambiguous places: we are in them, but also outside them. A plant in a plant pot is the convergence of nature and culture. The roots adapt to the space and shape of the plant pot. A lot of plants are indoors, but belong outdoors. Do they feel the difference? As in art, gardens are an aesthetic artefact linked to thought, but also to ways of knowledge that appear with material practice. Techne has its own episteme. The wish to preserve things entails denying the passing of time, and the life that this gives rise to, transforms and discards. What if it were possible to have an exhibition that allowed light from outside, rain, night, wind, dust, bangs and breakage, movement of things, iridescence or disorientation of meaning? And what if all these elements were contained in it, attached to the surface of things? Could it not therefore be an exhibition of a biological system that could grow “by itself”? An exhibition as a third landscape, a residual, transitory space, outside planning, power and submission. An exhibition of items vulnerable to themselves, removed from the deliberate action of human beings. An exhibition as a process of actions that are external to it. An externality that is evident in the internality.

This text brings together ideas by Esther Gatón, Mikel Escobales Castro, Gilles Clèment, Stanislaw Lem and Fernándo Domínguez Rubio. It also contains comments on former work by Esther such as Bechamel from Mars or “lub-dub-lub-dub-lub-dub...”. And was written on the occasion of the exhibition SLURP, GLUG at Luis Adelantado Gallery, Valencia ES