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Julia Morandeira Arrizabalaga, 2018
Las virtudes

 

“Importa qué materias usamos para pensar otras materias;
importa qué cuentos contamos para contar otros cuentos; 
importa qué nudos anudan nudos, 
qué pensamientos piensan pensamientos, 
qué ataduras atan ataduras. 
Importa qué historias hacen mundos, 
qué mundos hacen historias.”

Donna Haraway, Staying with the trouble

 

Por fin has llegado; te esperábamos. Entra sin miedo. Te están esperando.

      La última guerra nuclear del periodo de la Gran Debacle que asoló el planeta fue la más decisiva de todas, aquella cuyas consecuencias fueron determinantes para la vida en la Tierra. La corteza terrestre absorbió cantidades ingentes de radiación, hasta rebasar sus límites, haciendo la vida en la superficie insostenible. Toda la materia se transformó radicalmente y de manera irreversible al ser recubierta por una membrana de toxicidad nunca antes vista, que provocó el desarrollo de una nueva serie de virtudes, insospechadas. Pronto, una ola de cambio en las formas de sentir, actuar, pensar y moverse azotó el planeta. Empezó a difundirse de manera sincronizada, desde diferentes puntos geográficos, como un manto. Grupos de humanos y no-humanos comenzaron a reunirse, a formar comunidades, a practicar una misma intensidad en torno a una necesidad compartida: diseñar nuevas pieles, para reinventar con y a través de ellas, las formas de habitar el planeta. La piel —tanto de los cuerpos como de la Tierra— devino a partir de entonces el campo de experimentación sobre el que ensayar nuevas formas de (super)vivencia, pero también de relacionalidad entre los cuerpos humanos, no- humanos, más que humanos. Este nuevo escenario impuso dos nuevos horizontes. El primero, fue el desarrollo de nuevas formas de atención y percepción hacia las nuevas virtudes que la materia presentaba, para poder entender y hablar con ellas su lenguaje. El segundo, suponía una agudización extrema de la inteligencia y sensibilidad háptica, que buscaba potencializar en este caso las virtudes de las pieles: formas inéditas de tocar y ser tocado, formas inéditas de sensibilidad y comunicación. En un breve lapso de tiempo, emergió con fuerza un nuevo pensar y actuar a través de la piel, entendida como barrera permeable e índice de procesos tanto internos como externos. La nueva filosofía empezó a articular formas de existencia basadas un intercambio continuo y contaminado, mediado por la empatía y las economías afectivas. De alguna manera, muchos entendían que un siglo después, era a nivel epitelial y material que se había conseguido llevar a cabo la proclama de la pensadora especulativa Donna Haraway de inventar nuevas artes y formas de vivir y morir bien en un planeta dañado.


      Las comunidades se agruparon bajo tierra, en cabañas construidas en connivencia con las inteligencias telúricas del topo, del mineral, del suelo. Ahí montaron los primeros laboratorios, arropados entre capas de silicio que les protegían de la radioactividad. Combinando átomos de este mineral con oxígeno, empezaron a sintetizar pieles a partir de la experimentación con siliconas. La silicona es una materia de consistencia variable, pero de una viscosidad poderosa, en la que se acumulan multitud de partículas afectivas y narrativas. Resistente a temperaturas extremas, a la intemperie, al ozono, a la radiación, a la humedad, e incluso, en gran medida al fuego, su composición a partir de elementos minerales terrestres y partículas aéreas confiere a las pieles siliconadas capacidades inigualables de resistencia, resiliencia y adaptación al medio. Posee, además, una mecánica elástica, flexible y aislante, elegante y lustrosa. Su comportamiento no es corrosivo, sino permeable y lubricante: permeable a otras fuerzas de afectación, a otros relatos que la habiten, a otros sucesos que la deformen. Es una piel porosa, con una disposición amable a la adherencia; a que otros se adhieran a ella, y adherirse ella a otros. Probablemente esto se deba a su estructura molecular de polímero, compartida con otras materias de textura amable, lubricante y pegajosa, como son el almidón, la seda, o la celulosa. También el ADN es un polímero: diferentes materias, mismas estructuras. De ahí la inclinación protésica de la silicona, su adhesividad a los cuerpos, su adaptación a otros medios, pero también su cercanía con el lenguaje quirúrgico, su gramática de implante, de vendaje, de aplique médico y su biocompatibilidad con otras materias. Para profundizar en la reparación de relaciones en el entorno, las comunidades post-Debacle decidieron profundizar en esta resonancia estructural, ensayando formas de simbiosis molecular a través de injertos de otras pieles. Así, se crearon pieles y exo-esqueletos tornasolados a partir de implantes de células madre extraídas de las carcasas de insectos y las mudas de reptiles. Se provocaron cruces coevolutivos entre pieles singulares, como por ejemplo, las células del plasmodio de los mohos deslizantes, que disuelven su membrana individual para fundirse en un ente colectivo cuando el contexto lo exige. A cierta horneada de pieles se le injertaron cromatóforos, células con pigmentos que reflejan la luz, presentes en el cuerpo de pulpos y calamares. Se convertían de este modo en superficies dérmicas mutantes según las variaciones lumínicas, haciendo de sus cuerpos lienzos de luz iridiscente. En todos los casos, las historias de los cuerpos de origen quedaban registradas en las nuevas pieles, que eran implantadas tanto sobre cuerpos como sobre la corteza terrestre —no se hacía distinción entre los cuerpos. Aquellos que heredaban cromatóforos de los calamares, heredaban también las vivencias y mitologías téutidas, la destreza bioluminiscente y las historias de lucha contra la pesca intensiva. Esta memoria elástica se almacenaba en archivos vivos, elocuentes y espesos, que las comunidades enseñaban a transmitir y respetar.

      Ahora que has llegado hasta aquí, tómate tu tiempo. Puedes palpar cada pellejo con los ojos, o puedes pasear tu cuerpo entre los suyos, dejándote rozar por los extremos colgantes. Puedes seguir la coreografía que dibujan las barras de cobre y latón desde donde penden las pieles, seguir el movimiento estático que trazan, mientras esperan tranquilas. Presta atención a la relacionalidad que se establece entre tu cuerpo, los cuerpos colgados, los cuerpos en el suelo, y las fuerzas que los atraviesan: la tensión del que sostiene, la seriedad del que estructura, la gravedad del que cuelga, la parsimonia del que espera. Presta atención, también, al ritmo general del espacio, al que se establece entre las piezas, al que se aloja en los espacios entre y junto a; escucha las repeticiones, las corcheas, y los silencios que escriben. Escucha la densidad del tiempo contenido en esta sala: es un presente grueso, en el que se acumulan herencias materiales y cargas afectivas. Pareciera que la sustancia de las pieles está congelada en un proceso de cristalización constante, casi infinito, durante el que su consistencia se va definiendo, lentamente; es difícil determinar si están en estado líquido y mojadas, o si están ya secas y firmes. El ambiente está cargado de una calma tensa, que oscila entre luces largas y sombras suaves a diferentes horas del día —aunque hace tiempo que no sabemos ya con seguridad qué significa el día, o la noche. Y a pesar de todo, no es una atmósfera quieta la que se percibe aquí. Si se presta bien atención, se puede notar una suerte de circulación subterránea, prácticamente imperceptible; una suerte de hormigueo subcutáneo y sutil, producido por la respiración de las piezas y la sala.

      Por último, fíjate, sobre todo, en las texturas de estas pieles y estos cuerpos. Puedes acariciar su rugosidad estriada, lamer su suntuosidad brillante, abrazar sus pliegos de voluptuosidad. Estas texturas permiten leer por momentos un raspado excesivo, un derrame baboso repetido, un injerto brusco puntual, la marca de pelusas pasajeras, o de otros que han tocado con anterioridad. No borran las intenciones, fuerzas, gestos, y accidentes de los que son el resultado, sino al contrario: el remache y la memoria se llevan tatuadas, inaugurando una nueva estética de la reparación y la lectura táctil.


      Las antenas de las pieles van filtrando las corrientes, leyendo tentacularmente el entorno, leyendo tu presencia aquí. Tu cuerpo también se va modificando, en este intercambio relacional con ellas. Las virtudes de estas nuevas pieles, cuerpos, apósitos y estructuras estriban precisamente en esto: en despertar la capacidad de fabular, de provocar un tormenta especulativa que transforme tu capacidad sensorial.

 

       Bienvenidos.

 

 

Este texto fue escrito con motivo de la exposición individual Las virtudes, Museo Patio Herreriano, Valladolid ES. 

 

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Julia Morandeira Arrizabalaga, 2018
The virtues

 

“It matters what matters we use to think other matters with;
it matters what stories we tell to tell other stories with; 
it matters what knots knot knots, 
what thoughts think thoughts,
what descriptions describe descriptions,
what ties tie ties.
It matters what stories make worlds, 
what worlds make stories.”

Donna Haraway, Staying with the Trouble

 

      You’ve made it, at last; we’ve been expecting you. Go in, don’t be scared. They’re waiting for you.

      The final nuclear war of the Great Debacle era that devastated the planet was the most decisive of all, the one whose consequences were determinant for all earthly life. The Earth’s crust absorbed enormous amounts of radiation, until it began to overflow, making life unsustainable on its surface. All matter was radically and irreversibly transformed upon being coated in an unprecedented layer of toxicity, which led to the emergence of a new set of virtues, entirely unexpected. Before long, a great wave of change battered the planet, altering the forms of feeling, acting, thinking and moving. It began to spread in a synchronised fashion, from different geographical points, slowly cloaking everything in its path. Groups of humans and non-humans started to get together, to form communities, to focus all their energies on one shared need: to design new skins, to reinvent, with and through them, the forms of inhabiting the planet. Skin – both that of bodies, and that of the planet – became, from that point onwards, the field of experimentation for trying out new forms of experiencing (and surviving), and also the relationality between human bodies, non-human bodies and more-than-human bodies. This change in circumstances brought about two new outlooks on life. The first was the development of new ways of considering and perceiving the new virtues that this matter had presented, to be able to understand these virtues and talk to them in their language. The second meant an extreme sharpening of intelligence and haptic sensitivity, which sought to bolster, in this case, the virtues of skin: that is, previously unexplored ways of touching and being touched, of sensitivity and communication. Within a short period of time, the dramatic rise of a new kind of thinking and acting had occurred, namely by using one’s skin, understood as a permeable barrier and an indicator of both internal and external processes. This new philosophy started to join together forms of existence based on a continuous and infected exchange, as mediated by empathy and affective economies. In some way, many understood a century thereafter that it was at the epithelial and material level that the proclamation of the speculative thinker Donna Haraway had come to pass, in terms of inventing new arts and addressing how best to live and die on a damaged planet.

      The communities assembled underground, in cabins built by drawing on the telluric intelligence of moles, of minerals, of soil. They set up the first laboratories there, protected from the radioactivity by strata of silex. Combining atoms of this mineral with oxygen, they started to synthesise skins based on their experiments with silicone. Silicone is a material of variable consistency, but of great viscosity, in which a multitude of affective and narrative particles cluster together. It is resistant to extreme temperatures, to severe weather conditions, to the ozone, to radiation, to humidity, and even fire to a large extent. Its composition of earth-sourced mineral elements and air particles affords silicone- enhanced skins unbeatable resistance, resilience and adaptability to the medium in question. Furthermore, its inner mechanisms are elastic, flexible and insulating, elegant and lustrous. It is not corrosive, but rather permeable and lubricating: it is permeable to other affecting forces, to other stories that live within it, to other factors that deform it. It is a porous skin, which works well in terms of adherence; others can adhere to it, it can adhere to others. This is probably due to its polymer molecular structure, which it shares with other matter that has a smooth, lubricating and sticky texture, such as starch, silk and cellulose. DNA is also a polymer: different materials, same structures. This is where silicone’s inclination towards prosthesis comes from, i.e. its adhesiveness to bodies, its adaptation to other media, but also its proximity to surgical language, its grammar of implants, of bandaging, of medical application and its biocompatibility with other materials. In order to take delve further into the lógica of repair, the post-Debacle communities decided to take a closer look at this structural resonance, testing forms of molecular symbiosis by grafting other types of skin. This way, iridescent skins and exoskeletons were created based on stem cells extracted from insect carcasses and the shed skins of reptiles. Co-evolutionary intersections were made between unique skin types, such as the plasmodium cells of slime mold, which dissolve their individual membranes in order to be fused within a collective entity, as and when demanded by the context. Certain batches of skin were grafted with chromatophores, i.e. cells with light-reflecting pigments, present in the bodies of octopuses and squids. They thus turned into dermal surfaces that would change according to the variation in light, making their bodies become canvases of iridescent light. In all cases, the histories of the originating bodies left traces in the new skins, which were implanted both onto bodies and onto the earth’s crust – no distinction was made between bodies. Those which inherited chromatophores from squids also inherited their life experiences and teuthidic mythologies, their bioluminescent abilities and the history of their struggles against intensive overfishing. This elastic memory was stored in live, eloquent and dense archives, and the communities showed how to pass them on and respect them.

      Now that you’ve reached this point, take your time. You can touch each skin with your eyes, or you can move your body between their bodies, brushing against the hanging extremities. You can follow the choreography as suggested by the copper and brass bars from which the skins are hanging, follow the static movement that they mark out, whilst they are quietly waiting. Pay attention to the relationality that is established between your body, the hanging bodies, the bodies on the floor, and the forces that move among them: the tension with which it is held, the seriousness with which it is structured, the gravity with which it hangs, the parsimony of those who wait. Pay attention, furthermore, to the general rhythm of the space, that which is formed between the pieces, that which is found in those spaces between and next to; listen to the repetitions, the quavers, and the silences they compose. Listen to the density of the time contained within this room: the present has a certain thickness, in which material legacies and affective loads are accumulated. It would appear that the skins’ substance is frozen in a constant crystallisation process, almost infinite, during which time their consistency becomes defined, slowly; it is difficult to determine whether they are in a liquid, wet state, or whether they are already dry and firm. The environment is loaded with tense calmness, which oscillates among stretched light and smooth shadows at different times of the day – though we have not known, for a long time, what is the exact meaning of day, or night. Despite everything, one does not perceive a calm atmosphere here. If you pay close attention, you can notice a kind of underground circulation, practically imperceptible; a kind of subtle, subcutaneous crawling sensation, produced by the breathing of the pieces and the room.

      Finally, pay particular attention to the textures of these skins and bodies. You can stroke their stretchmarked coarseness, lick their shiny sumptuousness, embrace their voluptuous folds. These textures allow for a brief reading of excessive scraping, a repeated slobbering, an abrupt and unusual skin graft, the traces of wispy fluff, or of others who have previously touched them. They do not delete the intentions, forces, gestures and accidents of which they were borne, but quite the opposite: the fingerprints and memories are tattooed therein, inaugurating thus a new aesthetic of reparation and tactile reading.

      The skins’ antennae set about filtering the currents, reading the surroundings like tentacles, reading your presence here. Your body is gradually modified too, in this relational exchange with them. The virtues of these new skins, bodies, bandages and structures are founded on exactly this: on awakening the capacity to fabulate and tell stories, to cause a speculative storm that transforms your sensorial ability.      

      Welcome.

 

This text was written on the occasion of the exhibition The virtues at Patio Herreriano Museum, Valladolid ES